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11S: Historia de una infamia 2/2

 

Tampoco observó el supuesto avión otro de los testigos presenciales, el
asesor del Partido Demócrata Paul Begala : “Ví una gran bola de fuego
anaranjada” , diría. “Como la estela de un avión” , añadiría Dave Winslow ,
reportero de la agencia de noticias Associated Pess . Ninguno de ellos -insisto-
vio un avión? Y quienes lo vieron, no dudan en calificarlo de “pequeño”, como
informaría un testigo ocular a la ABC. Otro, Michael Kelly , explicaría a la
cadena competidora -la CBS – lo siguiente: “Ví un avión que venía por encima, a
muy baja altura, y lo próximo que vi fue una tremenda explosión. Era un avión
pequeño” . Lo que no pudo precisar es si ese avión impactó o no contra el
edificio; nadie asistió a esa escena. Ni siquiera un testigo perfectamente
ubicado, el periodista español Javier Sierra (no confundir con el antiguo
coordinador internacional de Año/Cero y actual director de Más Allá).

Sierra se encontraba junto al río Potomac, tomando un café en una terraza y
leyendo la prensa: “Absorto en mi lectura, pasaron los minutos casi sin
enterarme. De repente, oí el ruido efímero de motores de avión, seguido de una
enorme explosión que conmocionó a personas y objetos por igual. Me asomé hacia
la derecha y vi una bola de fuego naranja mezclada con una espesa nube de humo
negro levantarse sobre lo que todos sabíamos que era el Pentágono.” Sin embargo,
tampoco fue testigo directo del impacto del avión. Sencillamente, no los hubo.

De acuerdo a la versión oficial, en un principio, el avión parecía dirigirse
hacia la Casa Blanca. Sin embargo, prosiguió su rumbo -en dirección hacia la
cara del Pentágono en donde se encuentran las oficinas de los altos cargos- y al
superar el río Potomac efectuó un giro para estrellarse en la cara opuesta,
justo en un sector del edificio que casualmente, en contra de lo que afirmaban
las primeras informaciones, estaba prácticamente desocupado, puesto que había
sido reformado recientemente y los funcionarios aún no se habían ubicado en las
oficinas.

Pero un análisis crítico de los hechos vuelve -nuevamente- a traicionar la
versión oficial. De acuerdo a los datos ofrecidos por el Gobierno de los Estados
Unidos, el avión efectuó tras sobrevolar el río un giro de 180 grados? a casi
700 kilómetros por hora de velocidad. Así pues, esta maniobra se habría
realizado a 10 G, una aceleración en contra de la gravedad que no puede ser
asumida por piloto alguno. Para que nos hagamos una idea, un F-16 puede ejecutar
maniobras de hasta 9 G, el límite de lo que soporta un cuerpo humano. Un Boeing,
claro está, no puede emular tal maniobra y, mucho menos, un piloto sin
experiencia. “Además, la maniobra, según los pilotos consultados, habría hecho
perder al piloto el mando del avión” , asegura Joe Vials , un investigador
privado que ha estudiado los hechos del pasado 11 de septiembre, concluyendo que
es harto improbable pensar que el piloto suicida, tras el brusco giro, hubiera
sido capaz de enfilar el Pentágono a baja altura en una maniobra de aterrizaje,
cuando según el FBI fueron precisamente los aterrizajes y despegues lo que menos
importaba a los suicidas cuando se instruyeron en escuelas de vuelo.

Casualmente, el único testigo de los acontecimientos que narra una versión
coincidente con la oficial es el capitán del Ejército Lincoln Liebner . Aseguró
horas después de los hechos que vio el avión de Americam Airlines, que primero
chocó contra un helicóptero y luego contra el Pentágono. Nada de esto, sin
embargo, se observa en la filmación de los hechos?

Pero las pruebas más rotundas a este respecto -y en las que Thierry Meyssan-
sostiene sus dudas, son las fotográficas. De los análisis de las imágenes se
deducen las siguientes conclusiones:

Primero-. En un principio, se informó que el impacto del avión había afectado a
cuatro de los cinco anillos del Pentágono (el edificio está formado por cinco
pentágonos concéntricos, a cual de ma yo r perímetro). Dicha información no es
verídica, pues las imágenes muestran que sólo el primer anillo quedó colapsado o
derrumbado. La otra parte del edificio dañada lo fue por culpa del posterior
incendio.

Segundo-. El impacto de un avión de cientos de toneladas debería haber provocado
el derrumbe de la fachada. De hecho, en las imágenes ofrecidas por los medios de
comunicación, el lugar del impacto aparece derruido. Sin embargo, el colapso se
produjo por acción del incendio posterior y no a causa del impacto. Las primeras
imágenes muestran el sector afectado por el presunto impacto en pie. No hay en
dichas imágenes más que daños estructurales exteriores y focos ígneos. Pero el
edificio -insisto- quedó en pie tras la explosión. Es más: el Boeing 757 que se
habría estrellado mide 13, 6 m. de altura, y sin embargo, en las imágenes
tomadas tras el suceso, sólo la primera planta -de cinco metros de altura-
parece afectada, cuando el epicentro del impresionante golpe debería haberse
producido como mínimo entre la segunda y tercera planta.

Tercero-. El sector dañado por el impacto o la explosión mide 19 metros de ancho
y 15 de profundidad. Sin embargo, la envergadura del Boeing que se habría
estrellado es de 38 metros y su longitud de más de 47. Es difícil comprender que
una fortaleza de tales características hubiera provocado un desperfecto tan
pequeño. En todo caso, si el avión hubiera chocado sin penetrar en el edificio
como sí lo hicieron los que impactaron contra las torres gemelas, miles de
toneladas de fuselaje habrían quedado esparcidas. No se encontró, sin embargo,
pieza de fuselaje alguno: “Para decirlo de otra forma no hay trozos del
fuselaje, ni nada parecido. Saben, preferiría no hablar del tema, tenemos
numerosos testigos oculares, que están en capacidad de informarles en cuanto a
lo que pasó con el aparato al acercarse. Por lo tanto no sabemos” , señaló al
día siguiente de los hechos Ed Plauger , capitán de bomberos que comandó las
operaciones de rescate.

Cuarto-. De haber llegado a ras de suelo, el Boeing, en el terreno colindante al
sector del Pentágono en donde se produjo el incidente, la hierba habría quedado
en mero recuerdo y todo alrededor estaría arrasado. En las fotografías, apenas
se observa nada. Es más, Meyssan señala que dichas imágenes “muestran cómo sobre
la hierba intacta se vertieron toneladas de tierra? ¿por qué?” El investigador
francés sospecha que para ocultar pruebas?

Pero? ¿Qué habría ocurrido con el avión?
Todos los indicios apuntan a que no se estrelló un Boeing contra el Pentágono.
Sin embargo, los pasajeros del vuelo 77 de American Airlines fallecieron, y esto
también está claro. Entonces, ¿qué ocurrió con el avión? Veamos. Se sabe que las
anomalías en los vuelos fueron detectadas desde poco después de producirse los
secuestros. De hecho, el cuarto vuelo en cuestión, el 93 de United Airlines ,
teóricamente se estrelló en Pennsilvannia tras una rebelión a bordo de los
pasajeros contra los secuestradores. Sin embargo, la caída del avión se produjo
después de que se diera la orden ejecutiva de abatir cualquier avión en vuelo,
puesto que tras los atentados de las torres gemelas se tomó la decisión de
suspender todos los que ocupaban espacio aéreo norteamericano. La posibilidad de
que el vuelo 93 hubiera sido abatido por los F-16 que partieron de sus bases es
más que una sospecha. De hecho, sólo con repesar los acontecimientos de aquel
día nos damos cuenta de que se informó sobre la intercepción en vuelo del avión?
Evidentemente, la decisión de abatir el avión -con 45 personas a bordo- que
presumiblemente tenía por objeto provocar una nueva tragedia, si de por sí es
difícil de tomar, más difícil es -aún siendo comprensible- de admitir
públicamente.

¿Acaso ocurrió lo mismo con el vuelo 77? El avión podría haber sido abatido
sobre las miles de hectáreas despobladas que existen cerca de Washington y que
por motivos de seguridad no pueden ser sobrevoladas por aeronave alguna y que
están restringidas al público. Nadie se habría dado cuenta de ello. Es más, las
dos llamadas que hizo a su marido Barbara Olson , comentarista de la CNN que
viajaba en el avión, están en entredicho, según atestigua Joe Vials. De hecho,
parece que no hay pruebas de registro alguno de que se hubieran producido. Es
más, según diversas informaciones oficiales, dichas llamadas fueron efectuadas
al procurador general Ted Olson desde el teléfono público del avión. Sin
embargo, en el momento de ser realizadas el avión debería se encontraba por
debajo del techo de cobertura para este tipo de llamadas? Siendo dichas
comunicaciones técnicamente imposibles, cabe preguntarse si de verdad se
produjeron.

Joe Vials y otros estudiosos sospechan que, probablemente, un misil pudo
provocar el suceso del Pentágono. De hecho, los testimonios visuales que hablan
de un objeto en llamas o de una estela -e incluso el ruido ensordecedor propio
de los misiles- encajan con esta versión de los hechos. También el impacto de un
misil -de pocos metros de longitud- se ajustaría al destrozo provocado en la
fachada del Pentágono y con lo que se observa -un pequeño objeto alargado- en la
filmación filtrada el pasado 7 de marzo.

En definitiva, la hipótesis del misil parece mucho más ajustada a las pruebas
existentes que la del avión de pasajeros. Eso sí, sólo faltaría saber si dicho
misil impactó de forma accidental contra el Pentágono o si, por el contrario,
fue algo intencionado con objeto de edificar una hipótesis alternativa para
desviar la atención de los medios sobre el derribo intencionado del vuelo 77? A
fin de cuentas, podrían argumentar, despojándose de escrúpulos los defensores de
esta última posibilidad, que muy pocas personas fallecieron en el interior del
Pentágono? Las primeras informaciones hablaban de siete heridos, luego de ocho
muertos y finalmente de 800, pero hoy por hoy, oficialmente, se trató sólo de
medio centenar.

Una trama financiera precedió a los atentados
Ralph Shoenman , quien fuera secretario personal de Bertrand Russell y quien
tuviera una participación directa en la investigación del fiscal Jim Garrison
cuando éste quiso demostrar la participación de un sector del poder político en
la muerte de Kennedy , es uno de los estudiosos que con más interés ha indagado
en los hechos del 11 de septiembre de 2001. Asegura que el gobierno de los
Estados Unidos “bajó la guardia” en las horas previas a los atentados para
facilitar las acciones de los terroristas. E indica que el objetivo no era otro
más que facilitar con la subsiguiente reacción -el ataque a Afganistán- los
intereses económicos de Estados Unidos en el exterior, y de paso, los
particulares del clan familiar del presidente George Bush Jr .

Thierry Meyssan baraja la misma tesis, sin dejar de considerar que el suceso del
Pentágono pudo haber sido provocado directamente por un sector del ejército
sirviendo oscuros intereses. Sin embargo, su propuesta -una bomba- ha perdido
peso con la aparición de la filmación antes citada. Sin embargo, el fondo de las
cuestiones que plantea sigue en pie. De hecho, el colectivo que dirige presentó
el 16 de noviembre un demoledor informe que nadie hasta ahora ha sido capaz de
debatir y que demuestra la existencia de una trama financiera previa a los
acontecimientos del 11 de septiembre.

Seis días antes, las acciones de United Airlines y American Airlines , las
compañías aéreas cu yo s aviones fueron secuestrados, perdieron de un tirón
respectivamente el 42 y el 39 por ciento de su valor. Además, las opciones de
compra sobre los valores de empresas asentadas en el WTC como Mogan Stanley o
Merrill Lynch & Co. se multiplicaron por 12 y por 25 respectivamente. Según
denunciaría días después de los hechos de Nueva York y Washington la Comisión de
Control de Operaciones Bursátiles de Chicago, la operación reportó a los
“iniciados”, que es como dicha comisión denomina a quienes poseen información
privilegiada para operar en bolsa, más de 16 millones de de dólares de
beneficio. Si los datos se extienden al resto de compañías afectadas que
vivieron sobresaltos en sus acciones en los días previos a los atentados, los
beneficios alcanzan varios cientos de millones: “Es el más importante delito por
aprovechamiento ilícito de informaciones privilegiadas jamás registrado” ,
indicó en su informe la Organización Internacional de Comisiones de Valores (IOSCPO).

De inmediato, las sospechas se centraron en Bin Laden y su productivo entramado
financiero: él mismo se habría beneficiado de los atentados. Pronto se descubrió
que la sociedad Alex Brown había gestionado la ma yo r parte de las operaciones
que tantos dividendos proporcionó a los “iniciados”, cu yo s nombres quedaron
protegidos como consecuencia del modo en que se efectuaron las maniobras. Pocos
después, el FBI fue apartado de las investigaciones oficiales para aclarar el
hecho? ¿Por qué?

La Red Voltaire parece haber dado con la respuesta. El grupo Alex Brown está
gobernado por el capitán Krongard , actualmente el número tres de la CIA. Por su
parte, la participación ma yo ritaria en Carlyle corresponde al grupo United
Defence Industries , undécimo vendedor de armas en el mundo y a cu yo mando está
el clan del presidente Bush. Además, y por si fuera poco, Meyssan ha demostrado
la existencia de vínculos comerciales muy estrechos y actuales entre la familia
Bush y el Saudí Bin Laden Group , la ma yo r empresa de Arabia Saudí, fundada y
dirigida por el clan familiar de Bin Laden. De hecho, no deja de ser llamativo
que el patriarca del clan falleciera en 1988 en un misterioso accidente aéreo a
bordo de un avión en el cual George Bush padre había montado en numerosas
ocasiones para gestionar su devenir económico. Hoy, Bush Sr. seguiría mandando
en Carlyle . La investigación ha llegado a una conclusión terrible: “George Bush
padre, podría ser, entonces, uno de los afortunados beneficiarios de las
maniobras bursátiles ligadas a los atentados del 11 de septiembre” , concluye el
informe francés.

Además, cabe recordar que en 1996 el Departamento de Energía de los Estados
Unidos elevó informes sobre la idoneidad de construir un oleoducto que
atravesara Afganistán y el resto de Asia Central para transportar petróleo desde
la cuenca del Caspio al resto de Asia. Dos años después, se vuelve a insistir en
esa imperiosa necesidad. En Turkmenistán y Pakistán parecen dispuestos entonces
a favorecer los intereses petrolíferos de Estados Unidos, algunas de cuyas ma yo
res empresas del sector están dirigidas por George Bush padre. Quienes sí
parecen más opuestos a los intereses norteamericanos son los afganos del régimen
talibán, hasta entonces afín a Estados Unidos. De hecho, está documentado que
Bin Laden y sus combatientes fueron entrenados por la CIA a través de los
servicios secretos pakistaníes para liberar al país del dominio soviético. Pero
a partir de entonces, la situación cambia de forma radical. A mediados de 2001,
el secretario de asuntos exteriores de Pakistán, Niaz Naik especula con una
posible intervención norteamericana en Afganistán que abriría el paso al
oleoducto. Y predice que dicho ataque podría tener lugar en los últimos meses
del año?

En este mismo sentido, no deja de ser sospechosa otra de las revelaciones que
hace Thierry Meyssan. Al parecer, en julio de 2001, la cuenta bancaria del
supuesto terrorista Mohamed Atta engorda en 100.000 dólares. La transferencia,
de acuerdo al diario Times de la India, la efectúa el general Ahmed Mahmud ? el
director de los servicios secretos pakistaníes.

Bajo esta perspectiva, los sucesos del 11 de septiembre se antojan como
orquestados desde el interior del entablishment norteamericano. Las empresas
petrolíferas y armamentísticas de los Estados Unidos resultaron ser las más
beneficiadas con la tragedia, puesto que el ataque terrorista -repleto de
sombras y preguntas sin responder- desencadenó una guerra que favoreció los
mentados intereses. Además, la trama financiera hinchó los dividendos de las
compañías participadas por los Bush. Con todos estos datos -y otros muchos en la
misma línea que por cuestiones de espacio resulta imposible exponer- las dudas
parecen más que justificadas? ¿Sabremos algún día qué hubo detrás de los
atentados del 11 de septiembre de 2001?

Escrito por Bruno Cardeñosa

La Profesora Naina
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